En esta segunda pieza, la segura mano Castillo permitió libertades de expresión y color a la orquesta, lo que creó un marco adecuado para la sugestiva interpretación del solista de cuyo instrumento emanó la expresividad y destreza necesaria para captar los temas de carácter gracioso, cortesano, elegíaco, contenidas en la obra, creando un verdadero intercambio o dialogo con la orquesta. En la Sinfonía nº 1 en mi menor, Op 39 de Jean Sibelius, se pudo escuchar el balance entre su contrastante exaltación y tranquilidad, su influencia rusa y su carácter triste, en una labor trabajada con cincel entre la orquesta y el director, quien concluyó con la admirable sutileza del particular Finale quasi una fantasia, un final tan alejado del estilo de una sinfonía tradicional.
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